Tus hijos cumplen años y ves cómo poco a poco su comportamiento va cambiando. De las risas, de las caritas risueñas de la infancia, pasan a la tristeza en la preadolescencia, esa etapa que va desde los 9 a los 13 años de edad (aunque dependerá de cada niño o niña cuándo comienza y termina) y en la que necesitan todo tu apoyo y ayuda.

¿Por qué están tristes en esta etapa?

Son años en los que sufren bastantes cambios corporales y emocionales. De ahí que manifiesten cambios de conducta: se sienten perdidos ante esa nueva faceta, en la que construyen su identidad, su “yo” y que a menudo les coge de imprevisto. Es una época en las que tanto ellos como los padres deben adaptarse y no siempre es fácil. Paciencia es una de las claves.

En esa construcción de su nuevo “yo” es posible que dejen de acompañarle sus amigos de la infancia, que también están inmersos en esa época de cambios y en la que no todos siguen la misma dirección: cambios en los gustos (juegos, amistades, música) y en los hábitos pueden hacer que se distancien de sus amigos y esto les provoca una gran tristeza: se sienten solos. De repente la zona de confort a la que estaban acostumbrados, parece tambalearse. 

Es una etapa en la que aparecen los miedos, a no ser aceptado por el grupo (su nuevo punto de referencia), y en la que su sentido del ridículo se eleva hasta el infinito. Necesitan identificarse parte de una comunidad y, si les cuesta o no lo consiguen, se sienten tristes y pueden aparecer complejos de todo tipo, sintiéndose inferiores a los demás.

A la par, justo cuando más pensamos que los padres nos necesitan, ellos se alejan, necesitan de una mayor intimidad. ¿Qué hacer entonces?

¿Cómo pueden ayudar los padres a aliviar la tristeza en la preadolescencia?

Si bien como comentábamos antes, nuestros hijos se encierran en sí mismos y necesitan espacio, los padres debemos dejarles claro que pueden contar con nosotros. Sin caer en la tentación intensa de “sonsacar”, debemos ser capaces de infundirles confianza, de forma que puedan abrirse cuando esa tristeza les sea demasiado dura de sobrellevar.

Es bueno hablar con ellos, aunque pensemos que en el fondo no nos escuchan. Aprovechar momentos en los que se sienten más relajados (los cambios de humor, pasar de la alegría a la tristeza en cuestión de segundos es habitual en esta etapa) para comenzar alguna conversación que parezca trivial pero que incluya algún tema que creamos que pueda estar afectándoles. Aunque pensemos que nuestros consejos van a un saco roto, en el fondo (a veces puede parecer imposible) nos escuchan; a la vez es importantísimo que los padres los escuchemos. Sus problemas, que a nosotros nos pueden parecer nimiedades, para ellos son todo un mundo.

Y quizás el consejo más importante, además de ser pacientes, es el de estar a su lado cuando se equivoquen. Es cuando más nos necesitan.

¿Cuándo recurrir a la ayuda psicológica?

Si la tristeza persiste y les impide llevar a cabo su vida normal (dejan de comer, no quieren salir de la cama, evitan cualquier encuentro social…) es conveniente acudir a la ayuda profesional psicológica que podrá determinar si esa tristeza es la habitual en la época preadolescente o si está derivando a una depresión más profunda. Ante la duda, acude a un psicólogo/a: os quedaréis más tranquilos.